Por fin estábamos en Edimburgo. Nos habíamos planteado hacer un recorrido circular por Escocia, haciendo paradas de dos o tres días en sitios puntuales. Íbamos con la tienda de campaña, pero no descartábamos otro tipo de alojamiento, en función del tiempo que hiciera. La tienda era una canadiense que tenía yo desde hacía un montón de años, pero estaba muy bien. La tela era de algodón, por lo que para llevarla con mochilas y demás resultaba pesada, pero como con el coche no teníamos ese problema y además era relativamente amplia aún siendo para 2-3 personas, pues no tuvimos dudas y nos animamos con ella.
Nos levantamos por la mañana, desayunamos, recogimos, … y nos fuimos a visitar Edimburgo. El camping estaba a las afueras de la ciudad, y como no sabíamos cómo estaría el tema para aparcar en el centro, nos decidimos a ir en autobús.
A la salida del camping estaba la parada. Consultamos el horario, y esperamos. Apareció un autobús, y llegó el momento de poner en práctica nuestro inglés. Yo de crío había estado en Inglaterra 1 mes en verano durante varios años, con lo que más o menos me arreglaba para hablar. El problema era que habían pasado 7 años desde la última vez, y estaba un poco oxidado. Aitziber, por el contrario, nunca había estado en Inglaterra, por lo que se cortaba más para hablar, pero había estudiado en la escuela de idiomas hasta 5º, así que de teoría sí que controlaba. Sólo le faltaba soltarse a charlar con los británicos.
Cuando se abrieron las puertas del autobús, apareció un hombre de mediana edad tirando a mayor, canoso, alto y con profundas arrugas a ambos lados de la nariz. Tenía el aspecto típico, pero típico de verdad, escocés. Nos acercamos, y no me acuerdo exactamente lo que le preguntamos: algo así como si el autobús iba al centro, o simplemente que nos diera dos billetes, pero lo que tenemos grabado es que la respuesta nos sonó como si un oso que acaba de despertar del letargo le preguntara a su compañero donde puede ir a buscar salmones: grua grunchy mc’saldomfflim jurr… Dios, que host… ha dicho este hombre. “I’m sorry, could you repeat, please?”, y de nuevo el gruñido. Eso sí, el tío tenía una cara supercampechana, y muy majo, lo que pasa es que gruñía para hablar y no le entendíamos. Abrí la cartera, y cogí un billete de 10 libras (bueno, no me acuerdo de cuánto). La cuestión era coger un billete grande y que cobrase lo que le pareciera. Tiramos para el centro, y nos fuimos fijando en el camino que seguía el autobús. Nos pareció relativamente corto y fácil para poder hacerlo al día siguiente en coche, sobre todo teniendo en cuenta que el viaje en bus no era barato precisamente.
Ésta fue la primera anécdota de este viaje. Bueno, rectifico, la segunda. La primera había ocurrido poco antes. En el camino del camping a la parada del autobús. A ambos lados de la carretera había unas campas con vacas pastando, pero no eran vacas “normales”, no, eran superpeludas, y nosotros, que nos gustan los animales más que a un tonto un caramelo, allí nos quedamos mirando y sacando fotos. Posteriormente nos enteramos que eran de la raza autóctona de las Highlands.

Edimburgo es una ciudad muy recomendable para visitar. Muy bonita, y con lugares destacados. Creo que estuvimos 3 días y al 4º marchamos. Igual con dos nos hubiera bastado, pero nos sirvió para descansar un poco de los dos días que habíamos empleado en subir hasta allí. Nosotros entramos al Castillo de Edimburgo, donde están guardadas las joyas de la corona escocesa, entre otras cosas, y nos dedicamos a pasear por la ciudad: el centro, la Royal Mile, palacio de Holyroodhouse (éste no lo visitamos por dentro), subir a la colina de Calton Hill para disfrutar de las vistas sobre la ciudad, y en general patear por las calles para empaparnos del ambiente de la ciudad, que es lo que nos gusta.

Desde Edimburgo, nos dirigimos hacia el norte, camino de las Highlands. Será el siguiente capítulo.
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